Fue lo que pensé. Todo estaba negro y me veía a mi misma, tendida en mi cama con los ojos cerrados. Estaba al lado del cuerpo que acababa de abandonar. Quería llorar, pero las lágrimas no salían de mis ojos. Intenté tocarle la cara. Fui alargando mi mano para alcanzarla, pero descubrí que la transpasaba.
"No..."
El mundo entero se derrumbaba ante mí. Lo que más temía llegó, la muerte, fría y eficaz. No sentía nada, pero sabía que en el fondo, una amplia tristeza me inundaba con toda su esencia.
De repente me encontré en aquel campo y...vi dos figuras sentadas. Uno de ellos era un chico de pelo castaño y la otra...era yo.
Me encontré cerca de ellos. Sonreían. Hablaban y reían. Se levantaron y caminaron por la explanada, hasta que anocheció. Entonces, ocurrió la escena en el que él me entregaba aquella pequeña flor.
Aparté la vista isnconcientemente y cuando volví la mirada, me encontraba en el campo de Antonio. Recogía la cosecha bajo un ardiente sol y Lovino no parecía hallarse allí. Debía de ser de hace muco tiempo.
Cerré los ojos, intentando sentir el sol. Nada, no sentía nada. Los abrí, y me encontré en un bosque de nieve. Todo era frío y gélido. La niebla que lo cubría hacía imposibl ver más allá de los cuatro árboles. La niebla se fue disipando y poco a poco se apreciaba la figura de una persona bastante alta que caminaba hacia a mí.
Intenté hablar, pero no pude articular ninguna palabra y ningun sonido salía de mi garganta.
"Estoy muerta" me repetí para mi interior.
La figura de entre la niebla pareció detenerse, pero siguó andando.
Esperé su llegada hasta que se puso delante mía. Era un tipo enorme. Llevaba un abrigo beis largo, una bufanda que le cubría media cara un gorro para protegerse del frío. Tuve que alzar la mirada para mirarle a los ojos. Yo ni siquiera le llegaba a los hombros.
Él, por su parte se agachó, pareció sonreirme y me cojió la mano. Yo la sentí real y cálida y disfruté de ese contacto que tanto añoraba.
-La vida te llama- me dijo.
Quise responder, pero algo tiraba de mí con fuerza. Cerré los ojos con violencia y...grité, grité como nunca antes había gritado.
Estaba en mi cama. Me palpé para asegurarme que estaba entera. Lo estaba, y con un suspiro, me levanté. Busqué la maceta en donde había puesto la flor azul que Toris me regaló. Seguí allí, en el mismo sitio donde la dejé, pero había algo diferente. Al lado de la maceta, había algo que brillaba con una luz pura. Me acerqué y recogí el pequeño objeto. Se trataba de un girasol de cristal tallado al más mínimo detalle. Miré trás la flor y ponía grabado en una letra cursiva "La vida te llama"
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